LOS PARAJES DE ENRIQUE CIRULES
Desde muy joven comenzó a trabajar en los mercantes que arribaban a Puerto Tarafa, donde cada año confluían cientos de buques a cargar azúcar. Por entonces Puerto Tarafa era el enclave exportador azucarero más importante del mundo; y San Fernando de Nuevitas una pequeña ciudad costera llena de tabernas, de hospedajes, de embarcaderos, de antiguos hostales. Pero San Fernando de Nuevitas era también una comarca muy rica en cuanto a su cultura marina, con sus pescadores, tortugueros, cazadores y navegantes, que poseían un profundo conocimiento de su entorno. En estos parajes era usual que uno pudiera encontrarse con viajeros de todas las latitudes: personajes errantes, mujeres de rumbo, rufianes, jugadores, aventureros, estafadores, contrabandistas, o navegantes solitarios; y estaban los experimentados pescadores y tortugueros de la cayería de Romano; y los amigos del escritor, los braceros y estibadores de los puertos de Tarafa y Pastelillo.
En esa pequeña villa marina, cuyas calles adoquinadas ascendían por una baja colina hacia el centro del pueblo, donde se encontraba el parque, una vieja iglesia de dos torres amarillas, y un recio edificio colonial, edificado con piedras calizas, sede del Gobierno Municipal; y la afamada y muy estrepitosa barriada del puente, con la barbería de Felo Centellas, donde el futuro escritor era por entonces aprendiz de barbero.
Esa mítica realidad que ofrecía la cayería de Romano (con las continuas navegaciones del viejo Antonio, para cazar o pescar, entre tiburones, alecrines y caimanes, caballos salvajes, perros jíbaros, rocadales, lagunas y pantanos, en el mismo borde de la impetuosa corriente del Canal de Las Bahamas) fue lo que, al decir de cirules, incitó su vocación literaria; por el hecho de haber entrado en contacto, desde su niñez, con las más variadas y fabulosas historias, enraizadas en aquellos sitios de mares, en los que existía un maravilloso espacio de la memoria colectiva; de temas que aparecían como olvidados; temas insólitos que el tiempo amenazaba con borrar; pero que estaban allí, en las conversaciones, en los encuentros, en las tertulias que se producían de manera espontánea, sobre todo en los alrededores del antiguo muelle de los Carrera, donde era cotidiano que pescadores y navegantes evocaran historias y aventuras de tal o cual otro paraje de la costanera; aventuras en las que podían mezclarse hazañas y mezquindades de corsarios y piratas, de barcos hundidos, de imprevisibles navegaciones y desafíos; incluso relatos de embrujos, de tesoros escondidos, de muertos y aparecidos; de los vuelos de las brujas de la Gran Canaria en los alrededores del fondeadero de Las Antillas; recuerdos de viejos emigrantes que solían acudir al Hotel de Los Prada –castellanos, gallegos, catalanes, aragoneses, salamanquinos y asturianos-, y algún que otro ilustre personaje que anduviera de paso, arrastrando leyendas y mitos.
También era usual que en las tabernas del embarcadero de El Guincho los pescadores hicieran alusiones a lo acontecido en aquella comarca durante la II Guerra Mundial, con Hemingway persiguiendo submarinos alemanes en el yate Pilar; y podía hablarse, además, de la época en que imperaban las cañoneras españolas, y de un destacamento de la caballería mambisa que, a una legua de la colina del cementerio, entró en reñido combate con un batallón de San Quintín; y en los días claros y azules, desde aquella misma colina, se podía observar una buena parte de la bahía; y en la distancia, tierra adentro, se perfilaban las zonas boscosas, y los llanos de San Miguel de Nuevitas; sitios de tránsito, de movimientos de tropas y operaciones militares, de incendios, de batallas campales que dejaron sus rastros en los mármoles de las tumbas; eso era lo que se notaba en el cementerio de San Miguel: las huellas de los fusilazos; y se podían escuchar historias sobre Pueblo Viejo, pequeño y escondido refugio (a media milla de San Fernando de Nuevitas) arrasado a fines del siglo XVIII por el ataque de un pirata inglés; y hacia el otro lado de la bahía, el embarcadero del Bagá, con los restos de una línea férrea que yacía entre la hojarasca y la maleza; línea que abrió esa vasta comarca a los rigores del comercio, con sus extensos potreros, de abundante ganado, de ingenios y esclavos; comarca incendiada y saqueada en las guerras anticoloniales; pero sobre todo, lugares que sirvieron al tráfico negrero, y al cruce de los emigrantes que, desde los embarcaderos cercanos, se encaminaban hacia las llanuras de la costa norte del Camagüey, donde se encontraba el valle de Cubitas, con el ánimo de fundar las perdidas ciudades de norteamericanos y europeos.
La cayería de Romano, con ese perenne cruce de goletas, bergantines, veleros y yates, cargueros y mercantes, navíos de guerra y buques de travesía, desde los confines del arco antillano a los portetes de la costa continental, para hacer rumbo a la altura de Faro Maternillo, en busca de los puertos del Golfo, dejando historias, rumores de festines y naufragios, anclas y jarcias, odios y rencores, persecuciones y asesinatos; luces y resplandores en noches de tormenta; y las rumbantelas que se organizaban en la villa, con tambores, trompetas, boleros y canciones, que hacían que las noches fueran poco menos que interminables. Para el escritor sus temas preferidos, los más fascinantes.
|